El Amor en Internet (Gwinnell, Gubern, Liberman)

En general, los fenómenos comportamentales se desarrollan así: algo pasa, algo toma entonces una magnitud visible, los medios masivos de comunicación detectan ese algo y lo hacen público (lo deforman o lo esclarecen), la gente que no está directamente involucrada con ese algo empieza a mirar hacia esa zona, los especialistas comienzan a fijar su atención en ese algo (lo analizan y divulgan sus conclusiones), los medios recogen esas investigaciones y las hacen públicas.

En este caso, ese algo es las relaciones amorosas electrónicas: es decir, las relaciones que hombres y mujeres establecen mediante el correo electrónico, las páginas de chat, la mensajería instantánea, etc.

La psiquiatra estadounidense Esther Gwinnell -autora de El amor en Internet (1999)- aporta datos: señala que las relaciones sentimentales en Internet duran tres meses en promedio, y que muchas parejas llegan a estar entre seis y diez horas diarias chateando con su amante virtual.

En Estados Unidos ya se han producido varios divorcios en los que uno de los involucrados acusa al otro de ser un «adúltero virtual», y recientemente en nuestro pequeño país una muchacha del interior contrajo matrimonio con un mexicano… y no funcionó en la vida real.

El chat es ideal para personas tímidas e inseguras, opina Román Gubern en El eros electrónico (2000). Gubern dice además que el chat «cancela, por el anonimato de la comunicación, los efectos negativos del racismo étnico y de los racismos sociales de la fealdad, de la edad y de la enfermedad».

Tanto Gubern como el psicoanalista Arnoldo Liberman coinciden en que en una relación vía electrónica se ama a la persona imaginada, nunca a la real. Según Liberman, este fenómeno es «una denuncia más de la enorme soledad afectiva que padecemos y de las limitaciones que tenemos para luchar contra ella». Además, dice el psicoanalista, «el chat permite realizar y perpetuar con extrema fácilidad y eficacia el deseo, tan común y frecuente, de ser otro».